Tianguis,
una palabra, decenas de recuerdos y cientos de sensaciones; la actividad de
asistir a este tipo de lugares para adquirir un artículo y realizar una
búsqueda para encontrar el objeto preciso es una tradición y una necesidad
milenaria.
Los
colores y la diversidad que podemos observar en la típica postal del tianguis
me recuerdan la infinidad de cosas que podemos encontrar en los libros:
historia, cultura, gastronomía, folklore, gente. Gente que atrapa nuestra
atención al igual que el marchante que nos llama resaltando las virtudes de su
mercancía, como en las novelas y los cuentos hallamos esos personajes
pintorescos con personalidad propia, otros con apariencia y comportamiento sui géneris y algunos más que quedan en
el anonimato.
Aquí
no hay cacao para realizar la compra, el sonido del dinero es el único que
delata el intercambio, la acción de compra venta. Risas, gritos y el regateo,
las decenas de voces que retumban en los oídos como lo hacen las palabras en el
pensamiento del lector voraz.
Esquivar
a las personas mientras buscamos lo más barato o esa cosa que necesitamos, los niños corriendo, comiendo
helado, las miradas cruzadas sin decir palabra, los saludos afectuosos al
encontrar un conocido, el señor pidiendo limosna, los puestos de siempre y
nosotros buscando algo nuevo, las anécdotas interminables, historias que van
más allá de las páginas, relatos que cobran vida en las calles.
Los
olores que inundan el olfato, la fruta, el delicioso aroma de la comida, el
gentío que si tiene suerte quedará atrapado entre el papel y la tinta. Lo
cotidiano que cada día escribe un nuevo capítulo.
Yazmin Hernández
Què buena relaciòn entre los libros y el tianguis: espacio donde se buscan y se encuentran cosas.
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