Sentado. Los autos pasan y pasan, yo los miro y no. Sábado a
medio día. Afloran en mí recuerdos antaños que van y no vuelven, como los autos
de los cuales estoy consciente pues de cuando en cuando me escupen su
porquería. Uno de ellos me toma de la mano, cual madre a su hijo.
En
aquellos días, siempre sábados, después de hacer el quehacer me iba al
tianguis. Sólo. Al cerrar la puerta de la casa donde vivía mi camino ya estaba
establecido: la señora del puesto de peces. En alguna bolsa del pantalón —pues
hasta el día de hoy no establezco en cuál debería meter tal o cual cosa— llevaba 10 o
20 pesos para comprar algún pez que me agradara, alguno que fuese raro de preferencia lo que quizá implicara no poder comprar nada o regresar a casa por dinero y volver por el pez. Caminar una cuadra a mi derecha, luego doblar a la izquierda, otra vez a la derecha hasta cruzar la avenida y seguir en perpendicular a la calle de procedencia hasta llegar a esa calle donde volvía a doblar a la derecha y no parar hasta ver indicios del comienzo del tianguis. Ahí los puestos estaban un poco más separados, conforme me adentraba, más puestos y más gente. Yo ya por aquellos días odiaba a la gente. O no sé, quizá no la odie hoy ni en aquellos días sino que al invadir mi privacidad, sea por el medio que fuera, me motivaban a querer desaparecer de ahí siguiendo mi camino o que ellos desaparecieran mientras yo seguía cómodamente. Niños con sus madres, a veces jaloneados. Adolescentes con los cuales no me sentía para nada identificado. El puesto de las aguas a la izquierda, más adelante de ese mismo lado el de los tenis de marca los cuales miraba de reojo porque sabía no podía comprar uno de esos y más valía llevar la cruz de la resignación bien colgada. Caminar. No querer mirar. El primer puesto de peces al fin, justo a la derecha, donde los puestos comenzaban a pegarse un poco más, ahí miraba, miraba porque me gustaban los peces y si de casualidad me encontraba con alguno que deseara llevar era un goce extra. Hay algo en los peces que me provoca una tranquilidad indescriptible, yo no entiendo a la gente que no les gustan los peces, en mi caso puedo pararme horas viendo cómo se mueven de un lado a otro. Eso ya me acontecía en ese entonces. Me quedaba ahí mirando mientras los demás preguntaban por el precio de algún pez, comprarlo y luego largarse, yo miraba y a veces también preguntaba para que no me corrieran del puesto o se molestaran conmigo. Seguir caminando en esa jungla para encontrarse una que otra ocasión un gorila que creía era suya y su autoridad valía. Empujones. Miradas hostiles por no permitir el paso. Gritos de ofrecimiento del producto. Puestos y más puestos. Gente, gorda, esbelta, alta o baja, hartos de estar no ahí sino en ese camino de la vida, a muchos se les veía en la mirada. Seguir. Seguir. Justo en la mitad del tianguis del otro extremo vendían plantas, eso me indicaba la cercanía de mi meta. Unos puestos más y ahí estaba mi felicidad del día, el sentido a levantarse temprano y soportar a esa gente absurda. Mirar largos minutos. Japoneses, guppys, plecos, molinesias (negras blancas o sal-pimienta), cebras, neón, bettas, peces gato y muchos más. Seguir mirando, decidirse, señalar con el dedo cuál había sido el elegido, la señora persiguiéndolo con la red hasta atraparlo y luego a la bolsa, en mis manos, voltear y largarme a casa de nuevo.
Una sonrisa al universo.
Mirar el cielo y volver en sí. Quizá todo ello me vino a la mente por ese tianguis detrás mío. Quizá. O por cierta necesidad, no lo sé.
—Bueno
—¿Lo hiciste?
—Sí.
Cuelgo. Me largo. De vuelta a casa como en aquellos días...
Marco A.R.d.A.
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