El tema principal de la obra son los celos; sin embargo éste monstruo que tortura al ingenuo amante se convierte a veces en tragedia (Othello) o bien, en reconocimiento de tal padecimiento, quizás ese reconocimiento del error sea una manifestación de lo que es el amor (El celoso Extremeño).
La obra de Cervantes sigue vigente, es un ejemplo de la pobreza del alma, de la acumulación de bienes que serán la causa de males, males que se reflejan a través de la opulencia. El pobre de Carrizales desde el inicio de la obra es víctima de su pobreza, de ahí que lo quiera sustituir por medio de acumular riquezas; se va a Filipinas a hacer fortuna, no de manera lícita sino que se va con la calaña de su sociedad, es el hijo pródigo.
A su regreso siente la necesidad de heredar sus bienes, es celoso de su riqueza; el temor lo tiraniza y quiere ocultar el fruto de su esfuerzo, como ocultos son sus miedos, ¡No vaya ser que un ocioso, un vago sin oficio y beneficio, inesperadamente disfrute del esfuerzo de Carrizales! esfuerzo que le costó ganarse sus bienes materiales, producto de sus males existenciales, y es precisamente lo que desdeña el celoso extremeño, la pérdida de su bien amada Leonora como lo haría en la actualidad un celoso extremoso, verse ofuscado por un mejor partido, por una mejor posición social y económica, por la fama.
Desgraciadamente el viejo Carrizales fue victima de aquello que tanto se cuidaba; cayó rendido al instante de ver a la joven y hermosa Leonora; éste pobre viejo se halló ante su mayor riqueza: quizá Leonora ostentaba un par de esmeraldas que miraron a Carrizales y ahogado entre un mar de suspiros, más codiciaba a la joven Leonora, oro su cabello, perlas los dientes, columnas de mármol sus hombros y de alabastro el cuello, en fin, toda la riqueza acumulada en una niña cuyos padres carecían del bien material.
Si en un momento le preocupó a Carrizales su riqueza, por lo cual pensó en ocultarla por el miedo a que un astuto holgazán llegara a hacer uso de ella; pues lo mismo hizo con su más preciada Joya Leonora. Joya que es un vocablo de orígen francés joie> joyau y que significa alegría a diferencia del significado en español que significa. 1. Adorno de oro, plata o platino, con perlas o piedras preciosas o sin ellas, usado especialmente por las mujeres. 2. cosa que se da por reconocimiento o como premio de un servicio... (DRAE). y que es el adorno y alegría de Carrizales, alegría que será tristeza. Esta joya fue ocultada en aquella casa donde no se mencionaba nada que tuviera qué ver con el género masculino. El miedo de carrizales no se hizo esperar, es decir, un ocioso astuto cuya vida había sido creada desde el momento en que Carrizales lo pensó; aquél joven que su único trabajo consistía en la holgazanería, movido por la curiosidad de saber qué riqueza se ocultaba en tan cerrada casa, ocupó su ociocidad para idear el plan perfecto para poder entrar. Logró cual Orfeo conmover con el sonido de su guitarra al eunuco para entrar poco a poco a la casa de Carrizales. Así, pacientemente tuvo la delicadeza de ir conmoviendo con el embrujo de sus palabras a la ingenuidad de los habitantes de la casa; sabía que Carrizales era un impedimento para poder lograr su deseo; así que mientras el sueño realizado de Loaysa parecia no terminarse, Carrizales despertaría de su sueño para vivir su peor pesadilla; cuando ya estaba por lograr su plan con maña, pues se tomó la molestia de convencer a otra doncella para poder yacer junto a Leonora, prometiendo hacer lo mismo con la otra doncella, justamente al despetar Carrizales y al no ver su preciada joya, la buscó como loco, los dos jóvenes yacían acostados, se habían quedado dormidos, pues la inocencia de Leonora venció la insistente astucia y argucias de Loaysa, pero al verlos juntos Carrizales, su mayor miedo se transformó en ira, su ira en lástima, de no haber sido por un momento lúcido los habría desaparecido.
El celoso extremeño reconoció haber sido el fabricador del veneno por el que estaba muriendo. Ya viejo y cerca de la muerte, se arrepintió, la pobre Leonora lloraba, no fue culpable, sino víctima del valor que el viejo le dio, y su valor quizá fue el amor. ¿sintió culpa Leonora? Ella y él sólo conocieron el amor, él perdonando y reconociendo su error, ella, siendo casta y fiel.
Los celos es la casa donde se vive de manera egoísta pero donde también habitan los miedos.
Zaim EM, México DF,
domingo, 28 de septiembre de 2014
De cómo el café se tornó en azul
Cerca del mar Atlántico vivía un padre y su hija. Tenían una vida rural: el padre viajaba muchos kilómetros para comerciar y darle todo (en lo posible) a Coral, su hija; ella lo acompañaba todos los días a la ciudad. Un día, un joven, Nereo, se quedó prendado de su belleza y decidió hacer lo posible para que Coral lo amara. Cerca de su hogar estaba el de la muchacha, e iba a hurtadillas del padre de la joven, quien era muy celoso con su gran tesoro. Una noche, Nereo fue a ver a Coral, quien ya amaba al joven por los actos hechos por ella, pero su padre los descubrió y comenzó la catástrofe: el padre los arrastró hasta la orilla y obligó a ver a Coral cómo su padre golpeaba a Nereo hasta casi dejarlo muerto, después lo levantó y lo aventó al mar, por lo cual murió ahogado. Le dijo a Coral que jamás regresaría a la ciudad y se quedaría en su casa encerrada. Coral lloró. Coral lloraba cada día junto a la orilla, recordando el amor juvenil que murió. Lloró años. Las lágrimas y el color del mar hicieron que poco a poco sus hermosos ojos cafés se descoloraran, hasta que llegaron a tornarse azules, azules como la tumba de su amado.
domingo, 7 de septiembre de 2014
El tianguis
El tianguis
─No estoy del todo de acuerdo te lo digo, no creo que las cosas puedan soportar el efecto del tiempo sobre ellas, míralo así; todo en el mundo se transforma hasta llegar al grado de aparentar haber desaparecido, desde las simples y cambiantes nubes, hasta el perfil estoico y pétreo de las montañas ─decía el joven universitario a su compañero, intentando convencerlo, seducirlo con esa sabiduría ególatra e ingenua de la cual brotaban todo tipo de muecas intelectuales aprendidas del cine francés y que recalcaban su tesón bajo unas gafas gruesas; la misma y repetible forma de argumentar de aquellos que han mal leído un libro o han asistido a media clase de filosofía para luego creer que han comido y digerido a la naturaleza y a todos sus misterios; tenía lugar en una calle angosta, que nunca ancha era ese día aún más apretada por efecto de unas decenas de baratillos amontonados y varios cientos de seres transformando dinero en comestibles, ropa, juguetes, tecnología de dudosa calidad, información multimedia y cuantos más bienes necesarios para hacer sino confortable si llevadera por el paso temporal de la existencia la cotidianeidad monótona y acelerada de la vida urbana.
─!Qué no! Mira aunque las cosas cambien perduran, qué ¿Cómo? Me vas a decir, pues fácil en su esencia ─le contestó su compañero convencido de gozar una iluminación única decretando inocentemente para sí mismo que no había hilo negro capaz de anudarse en las entrañas de su pensamiento.
─¡Ja! La esencia, si la esencia no es más que un concepto, hasta las palabras y el lenguaje cambian continuamente…
─¡Exacto! Tienes razón, pero aunque los conceptos cambian conservan algo que los rememora en cualquier momento y lugar, es lo que les da cuerpo o significado digamos, por ejemplo digamos el amor…
─¡Jaja el amor! Bueno dale el amor, qué con el amor.
─Pues mira el amor, la forma en la que se le mira e incluso practica ha sido distinta a través de la historia y a través de cada cultura pero si piensas detenidamente lo que hace que se le siga llamando amor en todo ese lapso de tiempo es que se le comprende como la necesidad de crear un vínculo entre dos personas ya sea por tradición social, cultural o volitiva esa necesidad existe desde siempre.
─Pues no, no me convences, el amor es un invento de la razón, si los hombres lo inventaron un día puede no ser necesario, mira todo desaparece, dime ¿Qué vez aquí por ejemplo?
- Qué ¿Qué veo? Pues un tianguis.
– Sí y ¿Qué es un tianguis en la actualidad? Nada, comparado con el verdadero tianguis prehispánico; es más, esto que llamamos tianguis no es más que un concepto en decadencia, en unos años no habrá ningún tianguis en la ciudad ya lo verás y entonces de qué esencia podrías hablarme…
─Pero quedará su registro, ahí estará su memoria, ahí podrá mirarse lo que era un tianguis incluso si ya no existe físicamente; la esencia, su significado prevalecerá… ─un poco disgustado por su amigo esencialista y sus contraejemplos de mal gusto y otro tanto porque su estómago eleático reclamaba su atención, el estudiante cortó amistosamente el flujo de la conversación para en otro momento poder ser retomada, poniendo sus ojos en la comida china y queriendo disimular su derrota a medias, con orgullo dijo a su amigo ─anda, anda que yo te invito ésta, pero de verás que hasta el sol desaparecerá un día y cuál historia y cuál nada, que mira, que mejor mañana le hablamos a esas de letras clásicas que sino se nos va ir el semestre…
Arriba el sol inmutable, escuchaba a ambos con la paciencia de los dioses, cierto era su destino, pero lejano para una humanidad y eterno para una simple vida… él, que había marcado el ritmo de las fiestas prehispánicas donde las comunidades se aglomeraban ordenadamente entre nubes de incienso y danzas coloridas en explanadas al aire libre… miraba tiernamente a un enjambre de personas recrear el mismo espectáculo, repetir el mismo ritual en el acto de vincular sus manos y sus palabras, de celebrar en el intercambio de su trabajo los frutos de la jornada… el intangible significado de la existencia.
Daniel VO.
─No estoy del todo de acuerdo te lo digo, no creo que las cosas puedan soportar el efecto del tiempo sobre ellas, míralo así; todo en el mundo se transforma hasta llegar al grado de aparentar haber desaparecido, desde las simples y cambiantes nubes, hasta el perfil estoico y pétreo de las montañas ─decía el joven universitario a su compañero, intentando convencerlo, seducirlo con esa sabiduría ególatra e ingenua de la cual brotaban todo tipo de muecas intelectuales aprendidas del cine francés y que recalcaban su tesón bajo unas gafas gruesas; la misma y repetible forma de argumentar de aquellos que han mal leído un libro o han asistido a media clase de filosofía para luego creer que han comido y digerido a la naturaleza y a todos sus misterios; tenía lugar en una calle angosta, que nunca ancha era ese día aún más apretada por efecto de unas decenas de baratillos amontonados y varios cientos de seres transformando dinero en comestibles, ropa, juguetes, tecnología de dudosa calidad, información multimedia y cuantos más bienes necesarios para hacer sino confortable si llevadera por el paso temporal de la existencia la cotidianeidad monótona y acelerada de la vida urbana.
─!Qué no! Mira aunque las cosas cambien perduran, qué ¿Cómo? Me vas a decir, pues fácil en su esencia ─le contestó su compañero convencido de gozar una iluminación única decretando inocentemente para sí mismo que no había hilo negro capaz de anudarse en las entrañas de su pensamiento.
─¡Ja! La esencia, si la esencia no es más que un concepto, hasta las palabras y el lenguaje cambian continuamente…
─¡Exacto! Tienes razón, pero aunque los conceptos cambian conservan algo que los rememora en cualquier momento y lugar, es lo que les da cuerpo o significado digamos, por ejemplo digamos el amor…
─¡Jaja el amor! Bueno dale el amor, qué con el amor.
─Pues mira el amor, la forma en la que se le mira e incluso practica ha sido distinta a través de la historia y a través de cada cultura pero si piensas detenidamente lo que hace que se le siga llamando amor en todo ese lapso de tiempo es que se le comprende como la necesidad de crear un vínculo entre dos personas ya sea por tradición social, cultural o volitiva esa necesidad existe desde siempre.
─Pues no, no me convences, el amor es un invento de la razón, si los hombres lo inventaron un día puede no ser necesario, mira todo desaparece, dime ¿Qué vez aquí por ejemplo?
- Qué ¿Qué veo? Pues un tianguis.
– Sí y ¿Qué es un tianguis en la actualidad? Nada, comparado con el verdadero tianguis prehispánico; es más, esto que llamamos tianguis no es más que un concepto en decadencia, en unos años no habrá ningún tianguis en la ciudad ya lo verás y entonces de qué esencia podrías hablarme…
─Pero quedará su registro, ahí estará su memoria, ahí podrá mirarse lo que era un tianguis incluso si ya no existe físicamente; la esencia, su significado prevalecerá… ─un poco disgustado por su amigo esencialista y sus contraejemplos de mal gusto y otro tanto porque su estómago eleático reclamaba su atención, el estudiante cortó amistosamente el flujo de la conversación para en otro momento poder ser retomada, poniendo sus ojos en la comida china y queriendo disimular su derrota a medias, con orgullo dijo a su amigo ─anda, anda que yo te invito ésta, pero de verás que hasta el sol desaparecerá un día y cuál historia y cuál nada, que mira, que mejor mañana le hablamos a esas de letras clásicas que sino se nos va ir el semestre…
Arriba el sol inmutable, escuchaba a ambos con la paciencia de los dioses, cierto era su destino, pero lejano para una humanidad y eterno para una simple vida… él, que había marcado el ritmo de las fiestas prehispánicas donde las comunidades se aglomeraban ordenadamente entre nubes de incienso y danzas coloridas en explanadas al aire libre… miraba tiernamente a un enjambre de personas recrear el mismo espectáculo, repetir el mismo ritual en el acto de vincular sus manos y sus palabras, de celebrar en el intercambio de su trabajo los frutos de la jornada… el intangible significado de la existencia.
Daniel VO.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)