viernes, 15 de agosto de 2014

Esos días

Sentado. Los autos pasan y pasan, yo los miro y no. Sábado a medio día. Afloran en mí recuerdos antaños que van y no vuelven, como los autos de los cuales estoy consciente pues de cuando en cuando me escupen su porquería. Uno de ellos me toma de la mano, cual madre a su hijo.

                En aquellos días, siempre sábados, después de hacer el quehacer me iba al tianguis. Sólo. Al cerrar la puerta de la casa donde vivía mi camino ya estaba establecido: la señora del puesto de peces. En alguna bolsa del pantalón —pues hasta el día de hoy no establezco en cuál debería meter tal o cual cosa— llevaba 10 o 20 pesos para comprar algún pez que me agradara, alguno que fuese raro de preferencia lo que quizá implicara no poder comprar nada o regresar a casa por dinero y volver por el pez. Caminar una cuadra a mi derecha, luego doblar a la izquierda, otra vez a la derecha hasta cruzar la avenida y seguir en perpendicular a la calle de procedencia hasta llegar a esa calle donde volvía a doblar a la derecha y no parar hasta ver indicios del comienzo del tianguis. Ahí los puestos estaban un poco más separados, conforme me adentraba, más puestos y más gente. Yo ya por aquellos días odiaba a la gente. O no sé, quizá no la odie hoy ni en aquellos días sino que al invadir mi privacidad, sea por el medio que fuera, me motivaban a querer desaparecer de ahí siguiendo mi camino o que ellos desaparecieran mientras yo seguía cómodamente. Niños con sus madres, a veces jaloneados. Adolescentes con los cuales no me sentía para nada identificado. El puesto de las aguas a la izquierda, más adelante de ese mismo lado el de los tenis de marca los cuales miraba de reojo porque sabía no podía comprar uno de esos y más valía llevar la cruz de la resignación bien colgada. Caminar. No querer mirar. El primer puesto de peces al fin, justo a la derecha, donde los puestos comenzaban a pegarse un poco más, ahí miraba, miraba porque me gustaban los peces y si de casualidad me encontraba con alguno que deseara llevar era un goce extra. Hay algo en los peces que me provoca una tranquilidad indescriptible, yo no entiendo a la gente que no les gustan los peces, en mi caso puedo pararme horas viendo cómo se mueven de un lado a otro. Eso ya me acontecía en ese entonces. Me quedaba ahí mirando mientras los demás preguntaban por el precio de algún pez, comprarlo y luego largarse, yo miraba y a veces también preguntaba para que no me corrieran del puesto o se molestaran conmigo. Seguir caminando en esa jungla para encontrarse una que otra ocasión un gorila que creía era suya y su autoridad valía. Empujones. Miradas hostiles por no permitir el paso. Gritos de ofrecimiento del producto. Puestos y más puestos. Gente, gorda, esbelta, alta o baja, hartos de estar no ahí sino en ese camino de la vida, a muchos se les veía en la mirada. Seguir. Seguir. Justo en la mitad del tianguis del otro extremo vendían plantas, eso me indicaba la cercanía de mi meta. Unos puestos más y ahí estaba mi felicidad del día, el sentido a levantarse temprano y soportar a esa gente absurda. Mirar largos minutos. Japoneses, guppys, plecos, molinesias (negras blancas o sal-pimienta), cebras, neón, bettas, peces gato y muchos más. Seguir mirando, decidirse, señalar con el dedo cuál había sido el elegido, la señora persiguiéndolo con la red hasta atraparlo y luego a la bolsa, en mis manos, voltear y largarme a casa de nuevo.

                Una sonrisa al universo.
                Mirar el cielo y volver en sí. Quizá todo ello me vino a la mente por ese tianguis detrás mío. Quizá. O por cierta necesidad, no lo sé.
                —Bueno
                —¿Lo hiciste?
                —Sí.
                Cuelgo. Me largo. De vuelta a casa como en aquellos días...


Marco A.R.d.A.

lunes, 11 de agosto de 2014

Postal de lo cotidiano

Tianguis, una palabra, decenas de recuerdos y cientos de sensaciones; la actividad de asistir a este tipo de lugares para adquirir un artículo y realizar una búsqueda para encontrar el objeto preciso es una tradición y una necesidad milenaria.
Los colores y la diversidad que podemos observar en la típica postal del tianguis me recuerdan la infinidad de cosas que podemos encontrar en los libros: historia, cultura, gastronomía, folklore, gente. Gente que atrapa nuestra atención al igual que el marchante que nos llama resaltando las virtudes de su mercancía, como en las novelas y los cuentos hallamos esos personajes pintorescos con personalidad propia, otros con apariencia y comportamiento sui géneris y algunos más que quedan en el anonimato.
Aquí no hay cacao para realizar la compra, el sonido del dinero es el único que delata el intercambio, la acción de compra venta. Risas, gritos y el regateo, las decenas de voces que retumban en los oídos como lo hacen las palabras en el pensamiento del lector voraz.
 
Esquivar a las personas mientras buscamos lo más barato o esa cosa que  necesitamos, los niños corriendo, comiendo helado, las miradas cruzadas sin decir palabra, los saludos afectuosos al encontrar un conocido, el señor pidiendo limosna, los puestos de siempre y nosotros buscando algo nuevo, las anécdotas interminables, historias que van más allá de las páginas, relatos que cobran vida en las calles.
 
Los olores que inundan el olfato, la fruta, el delicioso aroma de la comida, el gentío que si tiene suerte quedará atrapado entre el papel y la tinta. Lo cotidiano que cada día escribe un nuevo capítulo.

Yazmin Hernández

martes, 5 de agosto de 2014

Tianguis

De pequeño solía ir con don Pedro a traer el desperdicio para los animales que tenían mis abuelos; no iba, claro está de muy buena manera, pues sufría por adelantado al imaginar el trayecto desde la salida de la casa hasta el puesto de don Pedro. El tormento comenzaba desde que oía la imponente voz de mi abuela diciendo: "ve con don Pedro a traer el desperdicio, llévate el diablo y llévate unos guacales". Al llegar al puesto y pasar el sufrimiento de no querer ir, finalmente, salía triunfante de aquella batalla, pues don Pedro al saber quien me enviaba le pedía a un ayudante que llevara el desperdicio. Sucedía pues que una vez llevado el menú para los animales y por la módica cantidad de tres pesos, de nuevo se oía la voz de mi abuela diciendo: limpia el gallinero, el chiquero, ve al molino a traer machigüi para los puercos; primero tenía mis discusiones con los güilos, pues los muy altaneros apenas y me dejaban entrar en su espacio galantero, luego en ese intervalo no escapaba a las órdenes de mi abuelo al enviarme a traer alfalfa, dándome santo y seña de la ubicación como si conociera la gente que mentaba. Todo esto ocurría a menudo los días domingos de tianguis en que al unísono los marchantes ofrecían sus mercancías; en ocasiones solía ir con mi ague y mientras tanto esperaba impaciente, pues se ponía a regatearle a las marchantas que venían de Ixmiquilpan y sus alrededores, marchantas que se distinguían por su manera de vestir y que constituía la parte fundamental del folclor del tianguis de la Venta por antonomasia, así se llamaba el actual Progreso, no puedo decir que por antonomasia, así que se volvió costumbre ir al tianguis a ver qué novedades había.
Esta idea del Tianguis de palabras surge con la intención de sacar a relucir, intercambiar ideas, experiencias literarias, creaciones para ponerlas como en un mercado, es el espacio donde se pueden sacar las frases pa' dominguear, lugar de palabras coloridas como el cilantro, xoconostle, la tuna, la granada, el nopal, chinicuiles; colores que semejantes al vestuario de las marchantas ostentan de manera artística una combinación de colores que pareciera estar viendo un arcoiris. Es el espacio para ver qué novedades hay, qué se ofrece, y lo mejor es que es gratis.
¡Pásele marchante, no se quede con las ganas!

Zaim EM