miércoles, 8 de octubre de 2014

Esta estúpida oscuridad

1.-Dejar de escribir
Partiendo del principio de que todo ya es escribió (o al menos lo importante), al escritor de nuestros días no le queda más que la crítica, la reseña o el plagio velado: dar vueltas sobre lo mismo con nuevos nombres, nuevos escenarios y nuevo artilugios, glosando los mismos libros, debatiendo los mismos temas, revolviendo los viejos poemas por ver si el tiempo, la incapacidad creativa y un accidente inusitado de la casualidad pudieran dar lugar a un afortunado retoño literario: Un nuevo quijote remasterizado, una Julieta contemporánea vestida más a la moda o un infierno dantesco que incorpore los problemas de nuestra sociedad actual.
En realidad, ante este terreno completamente sembrado, lleno de hermosos frutos y venerables árboles que nos anteceden y ensombrecen, yo no veo más que el sinsentido. El escribir porque sí, sin perseguir ningún objetivo (al menos consciente), desgarrando cuanto rama se nos pueda cruzar el camino, desenraizando indiscriminadamente con nuestro más afilada sorna, aserrando y quemando el terreno cuanto podamos hasta dejar la tierra reseca y tiznada de tanto absurdo. La respetable- y por lo demás, completamente natural- virtud de la devastación, que da muerte a lo viejo y espacio a la oportunidad. Se trata pues de crear una amnesia virtual, un bloqueo de lo pasado basada en su instaurada inaccesibilidad.
Sin embargo, como ya he dicho, esto no se podría lograr de manera deliberada. Así como las grandes transformaciones sociales, esto no se puede llevar  a cabo desde un escritorio una sarta de intelectuales con un plan determinado. Es necesaria la gente que ni ve ni entiende de estos procesos, alguien que ni siquiera se cuide de los resultados, un escritor de pluma y sangre, un osado, un revolucionario. La posibilidad catártica de una nueva prosa no la puede lograr un lector de clásicos, un ratón de biblioteca, un miembro de la élite literaria, sino un héroe que apenas sepa escribir, que no haya visto un libro en su vida, lejano a los medios de comunicación, a los estereotipos marcados por la cultura y, sobre todo, ajeno a toda palabra que no refiera a las cosas más inmediatas y tangibles de la vida. En pocas palabras, lo que llamamos un ignorante.
Sin embargo, mientras este héroe no llegue, uno debería alejarse de la pluma e idiotizarse tanto como le sea posible: sacar su teléfono celular para barbotear monosílabos y dibujitos, pasarse las horas frente a una computadora creando un alter ego enteramente social e incapaz de simpatizar con el otro; o mejor aun,  arrobarse por horas frente a un televisor que nos evite la preocupación de averiguar lo que queremos ser, desear, hacer, dándonos por sí mismo todas las respuestas. Nuestra actual tecnología nos ofrece hartas herramientas para ello. En tanto que de la lectura no hay que entristecerse: los libros no morirán. Siempre habrá un par de abnegados melancólicos que quieran aburrirse con películas a blanco y negro, mudas y 1-D. Para estos necios, mis más profundas condolencias.
Yo dejé ya de leer. Esto aún me duele un poco. Estoy tratando también el dejar de escribir, pero eso me ha sido casi imposible. A pesar de todos mis esfuerzos por enajenarme por completo, por abandonar las ridículas fantasías, y olvidarme de los sofisticados y pretenciosos sentimientos de letrados, todavía no puedo negarme del todo a la palabra. Esa perra. Supongo que lo mismo pasa a muchos solitarios. Ante la falta de cualquier excitante vínculo con su entorno, se aburre, se entristece, enmudece y escribe. Esta es la razón por la que un escritor asiduo de nuestros tiempos no puede hacer cambio significativo alguno en el terreno de las letras. Su soledad, pública o privada, aunada a la ambiciosa lectura de los estándares lo predestina a la repetición y a los fracasos. Hay que dejar de escribir. Ojalá yo pueda, antes de que sea demasiado tarde.


2.- El actor
Cuando se me escapó comentar a un par de personas que había decidido no leer más, no sólo se sorprendieron, sino que se agitaron, como si este hecho tuviera una significación existencial muy elevada en detrimento mío. No creo que lo sea. Ni siquiera leía tanto como para que esta decisión cambiara radicalmente mis hábitos. Leía a veces por las noches cuando llegaba de la escuela, de vez en cuando por las tardes los fines de semana, pero sobre todo leía esos dos meses al año que tenía de vacaciones, uno en verano, otro en invierno. Estas lecturas no eran tan saludables como prescriben los  cánones, al menos no lo eran para mí. Había noches que no podía pegar el ojo de la ansiedad que me provocaban ciertos pasajes o ciertos versos, me la pasaba distraído tejiendo ideas, desenmarañando falsos crímenes, desplegando metáforas sobre el manto de un poema que se me metía insistente y incomprensivamente en mi cabeza. En esos días lo que no estaba en la hoja de un libro era, cuando no ajeno, aburrido o repugnante.
Pero no fueron ni el tedio, ni el insomnio los que me dejaron fuera del margen de todo texto, ni siquiera esa crítica pretenciosa de la pretenciosidad literaria que escupí antes. Mi renuncia fue simplemente el resultado de un comentario que alguien con quien me había entusiasmado me hizo hace algunos meses. No me interesa ahondar mucho en esto; cada que lo pienso o lo recuerdo me siento como atenazado, como culpable de la máxima canallada que se puede hacer.
La cosa fue más o menos así.
Como la mayoría de las calamidades, esto comenzó con un entusiasmo. Conocía a alguien, me empezó a gustar, me acerqué, empezamos a salir y bueno, nada; después de un algún tiempo y de un par de solicitudes de noviazgo cortésmente rechazadas, me retiré. Hasta aquí nada más común y mundano: el rechazo es algo tan cotidiano para mí que ya lo veo no como un infortunio, un accidente o un malhadado castigo, sino más bien como un hecho dado, como que la lluvia cae o que el cielo es azul. Para aquel que no me conoce soy feo, aburrido, irritable, atormentado, pedante, debilucho, distante y, por si esto no fuera poco, pobre. En resumen: un amasijo de daños, una caja de pandora sellada, un basurero mortuorio, un verdadero milagro para la estadística de los defectos que puede tener una sola persona. El desprecio es entonces comprensible. Lo que me acribilló fue su contenido.
Ante uno de mis enardecidos reproches de mal perdedor, amablemente me envió una nota que me explicaba su negativa ante estas razones. Según esto, soy incapaz de amar de verdad, estoy demasiado concentrado en compadecerme a mí mismo  como para atender a mi alrededor, confundo los poemas y las musas con la realidad a la cual, internamente detesto. Todos los requiebros, todas las actitudes de cariño, las atenciones, las palabras hacia ella, no son más que la duplicación involuntaria de un personaje que me he inventado para mí, sin ningún sentimiento auténtico ni interés real por ella, sino persiguiendo sólo una trama.  Para decirlo en sus propios términos: soy alguien que siente no con el corazón, sino con las palabras.
Demasiado cruel. Cierto, quizá. Lo único que sé es que desde entonces cada vez que estoy frente a un libro, me siento lleno de maldad, de hipocresía. No lo quise hacer daño. En realidad me gustaba, la quería, sufría por ella. Pero quién soy yo para decidir si la amaba el amoroso monstruo o el despreciable actor. No lo sabré. Hoy ya no leo y sin embargo, algunas veces aún la extraño.


3.- El amorímetro
No hay nada que nos permita decidir a ciencia cierta el nombre de lo que sienten otras personas. Uno puede establecer criterios sobre sensaciones, gestos o conductas a través de mediciones fisiológicas y estándares estadísticos. Lo que no puede establecerse por cierto es la definición de cualquier sentimiento más o menos complejo, como en el amor. No hay manera de ponernos de acuerdo en los rasgos observables dónde empieza y termina. Y, lo que es aun más importante, es que en la práctica, aunque se diera una definición heurística y completamente técnica de su significado psicológico, poco o nada importaría.
En general, no aceptamos que alguien esté triste cuando sospechamos que hubiésemos provocado su tristeza, ni que alguien está verdaderamente alegre cuando esa supuesta alegría se consiguió a expensas de la alegría de alguien más. Usualmente nunca reconocemos la envidia o el odio en nosotros mismos, sólo que en los demás y el amor de alguien que no deseamos es más fácil tacharlo de capricho, obsesión o veleidad. Lo cierto es que poco o nada nos importa profundizar en los sentimientos ajenos y propios, puesto que esto nos llevaría a preocupaciones y remordimientos que serían imposibles de sobrellevar. Los sentimientos son en buena medida lo que nosotros queremos que sean: un espejo de nuestra propia egolatría.
Esta afirmación incluye los casos en que parece contradictorio nuestro juicio de lo que siente alguien y lo que deseamos que sienta ese alguien. Sobre todo con el amor, son estas aparentes contradicciones las que hacen el asunto más evidente. Nada importa qué tantas demostraciones de afecto o de sufrimiento alguien pueda dar (públicas y privadas), qué opinión pueda la mayoría tener sobre su afecto, qué tanto suba su ritmo cardiaco al encontrarse con el objeto deseado, qué tantas hormonas haya detectado el amorímetro que hemos diseñado o qué tantas lágrimas o versos haya derramado el sujeto en cuestión. El otro puede dar al traste de un solo plumazo todo esto y decir que simplemente no le cree que esté enamorado. Y esto no es una terquedad, es un asunto de indefinición.
Yo no sé nada sobre el amor. Por lo que la referida nota decía, tal  vez ni siquiera lo he sentido. Y esto es lo verdaderamente trágico del asunto. ¿Cómo rayos saberlo? Durante años me he entregado a la creencia poética del amor como una fuerza eminentemente superior, trascendental en el devenir existencial de la persona como individuo y de las personas como sociedad, la única capaz de crear un lazo afectivo con el tiempo y el cosmos y, para decirlo de otro modo, lo único que podría hacer que la vida no fuera un ridículo absurdo.
¿Y si esto no es verdad? ¿Y si ella nunca llega? ¿Si en verdad cree lo que dice esa maldita nota? ¿Entonces qué? ¿Qué queda? ¿De qué vale esta espera? ¿Adónde van o quién le sirven tantas trasnochadas, tanta ansiedad, tantas lágrimas? Si el amor sólo parece cierto cuando es correspondido y vigente, entonces estamos arruinados. De nada, ni las oraciones ni los años, los versos ni las frustraciones. ¿De qué sirve pues el dolor? ¿Qué parte del universo almacena ese cariño desperdiciado? ¿Será que simplemente se muere, se olvida, se desperdicia? Me niego a creer esto. No puede ser. Aunque todo apunta a su verdad, simplemente me niego testarudamente a aceptarlo. No puedo. No podría. Entonces ¿qué diablos estaría haciendo uno aquí? ¿A quién le sirve que uno esté aguantando estarse en pie sobre este mundo ahogándose en sollozos e inundado de ansiedad, estorbando, robando el aire, causando lástimas y vergüenzas a quienes debería uno más bien liberar?
Nada sé del amor entonces. Pero si esto que siento por ella no lo es, entonces nunca lo será. Luego pues, bien valdría la pena olvidarse para siempre del para-qué.


4.- Ya muy tarde
A ella la conocí en la preparatoria, en el último año. Mentiría si digo que recuerda la fecha y el lugar exactos del primer encuentro. No fue amor a primera vista que yo sepa, y no porque no hubiese notado su presencia, sino que la consideraba tan inalcanzable (ya desde entonces) que simplemente nunca estuvo dentro de mis planes el siquiera saludarla. Fue hasta que se presentó con una amiga compartida que yo a empecé a desvariar, a notar ligeros sobresaltos en mis ensueños que apuntaban directamente a su plática, a su voz, a su sonrisa. Tenía diecisiete años y no sabía lo que me pasaba. Era la primera vez que me enamoraba.
No supe el nombre del mal que me aquejaba hasta que me encontré de frente con ello: nos habíamos besado. Inesperada, dulce, inolvidablemente. Después de eso siguió un remolino de sensaciones y  avatares que no supe manejar. La quise de una manera burla, insensata, desesperada; y es en este punto que no quiero hacerme una víctima del destino, de mi ignorancia y mucho menos, de ella. Dije e hice tantas estupideces que en estos tantos años que me he torturado en devanarlas me sorprende aún que me haya soportado durante casi tres meses de noviazgo. La despedida fue más bien silenciosa,  difusa. Cuando me di cuenta que la necesitaba, ella ya se había ido.
De entonces acá su presencia ha sido esporádica y errática. De vez en cuando aparece por aquí, irradiando viejas oscuridades, soplando antiguos recuerdos, revolviendo plumas y solitudes para irse tan pronta como llegó, como una brisa intangible que fluye, sonríe y se desvanece. Cualquier intento mínimo por reencontrarla es un conjuro para acrecentar más la distancia, cualquier palabra que insinúe una nostalgia es castigada por un silencio de meses, el menor rasgo de cariño que pudiera escapárseme en la mirada me esconde sus ojos en la más penosa tiniebla, dejándome un hueco negro y silente en lugar de alma, un desasosiego rapaz y un llanto seco, atenazador. Y cuando estoy más ennegrecido y pesimista, cuando poco falta para que sepulte cualquier esperanza, ella vuelve. De nuevo, grácil, encantadora, sutil. Y renazco. Se va entonces, y muero de nuevo.
En este continuo e imperfecto círculo de frustraciones uno ya no va siendo el mismo. Por alguna razón, seguramente material, uno va quedando cada vez más deshecho, más hundido. Nunca fui particularmente alegre o facundo, pero después de ella, el silencio y la soledad se han vuelto tristes.
A veces me lleno de una esperanzadora rabia y pienso que el amor más desinteresado y pulcro existe sólo cuando no es correspondido


5.- Código de honor
Estás solo. Siempre lo estarás.  Lo sabes bien, aunque me sorprende la facilidad con la que lo olvidas, la ligereza con la que sales corriendo tras cualquier acontecimiento que tenga la mínima apariencia de esperanza. Seriamente ¿qué es lo que esperas que pase? ¿Qué te hace creer que esta vez el hilo de la historia será diferente? ¿Cómo puedes ignorar como si nada todas las ocasiones en las que ese algo o ese alguien en el que dejaste tu vida te ha humillado o decepcionado? No me parece ya un asunto  de dignidad o estima propia. Todas esas vanidades las perdiste hace mucho tiempo. Velo solamente como un asunto de sobrevivencia. Si no existe ese famoso “para-qué” de la vida por el que tanto te has cuestionado y tampoco has tenido el valor para sepultar la pregunta en tu propia sangre suicida, entonces deberías aprender de la materia inerte de los ríos y dejarte arrastrar hacia la nada. Inercia, apatía y solitud. Ahí lo tienes. Los preceptos más grandes a seguir por los cadáveres. Cállate, esfúmate, aléjate de todos, no te ilusiones con nada y con nadie,  que el mundo no sepa siquiera que existes. Corrijo esto último: en realidad para ellos no existes. Cualquier indicio que te hayas hecho de esto es sólo una falsa impresión producto mismo de tu estúpida y febril imaginación. ¿Necesitas ejemplos, situaciones, nombres? Claro que no. Sabes bien, aunque bajes la mirada, que las escasas  voces que te han acariciado, las  miradas que te han entusiasmado y los besos de tibio consuelo fueron solo destellos de sombras, risas de fantasmas, ecos perdidos entre las paredes de la cueva desierta de la que nunca, óyelo  bien, nunca has salido. Es tu maldita imaginación la que te pierde, son todos esos mendaces libros.  Son las ideas, las fantasías, las palabras. Bebe y piérdete, sueña y piérdete, calla por lo que queda de ti, calla. No es mucho lo que obtendrás de esto. Un poco de tranquilidad, de sosiego, quizá con algo de esporádica melancolía, de pesimismo lóbrego, de tristeza inmarcesible. Pero honestamente creo que es mejor que esta continua  agonía, este frustración de sentirse eternamente rechazado por todo,  apretado por las propias lágrimas internas que no terminan por salir causándote náusea, vértigo, la certidumbre de estorbar en todos lados, de perturbar hasta los pordioseros, el canto de las aves, de marchitar las tiernas bodas,  el correr de la brisa fresca, los más incómodos funerales, de contristar a las personas que más amas, a las musas, al mundo entero. Como si la maldad, la fealdad, la injusticia, todas las lacras del universo se debieran solamente a una pequeña y exigua pieza que no encaja. ¿Sientes toda esa presión, ese atenazamiento? Cualquier cosa es mejor que esta sensación terrible de que esa pieza que sobra eres tú. No es el desprecio de los demás no. Los ignoras, los vences o los matas y asunto terminado. Es el desprecio mismo que deja la desesperanza. Ya no más. Es tiempo de convertir la negativa universal en la negativa propia. No hay nada que temer cuando no le tienes pareció a nada, no hay nada de qué avergonzarte cuando te has despreciado a ti mismo, no hay nada que esperar cuando has dado un vistazo al espejo y a la ventana y te percatas de que no hay absolutamente nada. ¿Te acuerdas? Como la flor estéril sepultada por las dunas.


A.L.D

Ciudad de México, septiembre del 2013

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