1.-Dejar de escribir
Partiendo del principio de que todo ya es escribió (o al menos lo
importante), al escritor de nuestros días no le queda más que la crítica, la
reseña o el plagio velado: dar vueltas sobre lo mismo con nuevos nombres,
nuevos escenarios y nuevo artilugios, glosando los mismos libros, debatiendo
los mismos temas, revolviendo los viejos poemas por ver si el tiempo, la
incapacidad creativa y un accidente inusitado de la casualidad pudieran dar
lugar a un afortunado retoño literario: Un nuevo quijote remasterizado, una
Julieta contemporánea vestida más a la moda o un infierno dantesco que
incorpore los problemas de nuestra sociedad actual.
En realidad, ante este terreno completamente sembrado, lleno de hermosos
frutos y venerables árboles que nos anteceden y ensombrecen, yo no veo más que
el sinsentido. El escribir porque sí, sin perseguir ningún objetivo (al menos
consciente), desgarrando cuanto rama se nos pueda cruzar el camino,
desenraizando indiscriminadamente con nuestro más afilada sorna, aserrando y
quemando el terreno cuanto podamos hasta dejar la tierra reseca y tiznada de
tanto absurdo. La respetable- y por lo demás, completamente natural- virtud de
la devastación, que da muerte a lo viejo y espacio a la oportunidad. Se trata
pues de crear una amnesia virtual, un bloqueo de lo pasado basada en su
instaurada inaccesibilidad.
Sin embargo, como ya he dicho, esto no se podría lograr de manera
deliberada. Así como las grandes transformaciones sociales, esto no se puede
llevar a cabo desde un escritorio una sarta
de intelectuales con un plan determinado. Es necesaria la gente que ni ve ni
entiende de estos procesos, alguien que ni siquiera se cuide de los resultados,
un escritor de pluma y sangre, un osado, un revolucionario. La posibilidad
catártica de una nueva prosa no la puede lograr un lector de clásicos, un ratón
de biblioteca, un miembro de la élite literaria, sino un héroe que apenas sepa
escribir, que no haya visto un libro en su vida, lejano a los medios de
comunicación, a los estereotipos marcados por la cultura y, sobre todo, ajeno a
toda palabra que no refiera a las cosas más inmediatas y tangibles de la vida.
En pocas palabras, lo que llamamos un ignorante.
Sin embargo, mientras este héroe no llegue, uno debería alejarse de la
pluma e idiotizarse tanto como le sea posible: sacar su teléfono celular para
barbotear monosílabos y dibujitos, pasarse las horas frente a una computadora
creando un alter ego enteramente social e incapaz de simpatizar con el otro; o
mejor aun, arrobarse por horas frente a
un televisor que nos evite la preocupación de averiguar lo que queremos ser,
desear, hacer, dándonos por sí mismo todas las respuestas. Nuestra actual
tecnología nos ofrece hartas herramientas para ello. En tanto que de la lectura
no hay que entristecerse: los libros no morirán. Siempre habrá un par de
abnegados melancólicos que quieran aburrirse con películas a blanco y negro,
mudas y 1-D. Para estos necios, mis más profundas condolencias.
Yo dejé ya de leer. Esto aún me duele un poco. Estoy tratando también el
dejar de escribir, pero eso me ha sido casi imposible. A pesar de todos mis
esfuerzos por enajenarme por completo, por abandonar las ridículas fantasías, y
olvidarme de los sofisticados y pretenciosos sentimientos de letrados, todavía
no puedo negarme del todo a la palabra. Esa perra. Supongo que lo mismo pasa a
muchos solitarios. Ante la falta de cualquier excitante vínculo con su entorno,
se aburre, se entristece, enmudece y escribe. Esta es la razón por la que un
escritor asiduo de nuestros tiempos no puede hacer cambio significativo alguno
en el terreno de las letras. Su soledad, pública o privada, aunada a la
ambiciosa lectura de los estándares lo predestina a la repetición y a los
fracasos. Hay que dejar de escribir. Ojalá yo pueda, antes de que sea demasiado
tarde.
2.- El actor
Cuando se me escapó comentar a un par de personas que había decidido no
leer más, no sólo se sorprendieron, sino que se agitaron, como si este hecho
tuviera una significación existencial muy elevada en detrimento mío. No creo
que lo sea. Ni siquiera leía tanto como para que esta decisión cambiara
radicalmente mis hábitos. Leía a veces por las noches cuando llegaba de la
escuela, de vez en cuando por las tardes los fines de semana, pero sobre todo
leía esos dos meses al año que tenía de vacaciones, uno en verano, otro en
invierno. Estas lecturas no eran tan saludables como prescriben los cánones, al menos no lo eran para mí. Había
noches que no podía pegar el ojo de la ansiedad que me provocaban ciertos
pasajes o ciertos versos, me la pasaba distraído tejiendo ideas, desenmarañando
falsos crímenes, desplegando metáforas sobre el manto de un poema que se me
metía insistente y incomprensivamente en mi cabeza. En esos días lo que no
estaba en la hoja de un libro era, cuando no ajeno, aburrido o repugnante.
Pero no fueron ni el tedio, ni el insomnio los que me dejaron fuera del
margen de todo texto, ni siquiera esa crítica pretenciosa de la pretenciosidad
literaria que escupí antes. Mi renuncia fue simplemente el resultado de un comentario
que alguien con quien me había entusiasmado me hizo hace algunos meses. No me
interesa ahondar mucho en esto; cada que lo pienso o lo recuerdo me siento como
atenazado, como culpable de la máxima canallada que se puede hacer.
La cosa fue más o menos así.
Como la mayoría de las calamidades, esto comenzó con un entusiasmo.
Conocía a alguien, me empezó a gustar, me acerqué, empezamos a salir y bueno,
nada; después de un algún tiempo y de un par de solicitudes de noviazgo
cortésmente rechazadas, me retiré. Hasta aquí nada más común y mundano: el
rechazo es algo tan cotidiano para mí que ya lo veo no como un infortunio, un
accidente o un malhadado castigo, sino más bien como un hecho dado, como que la
lluvia cae o que el cielo es azul. Para aquel que no me conoce soy feo,
aburrido, irritable, atormentado, pedante, debilucho, distante y, por si esto
no fuera poco, pobre. En resumen: un amasijo de daños, una caja de pandora
sellada, un basurero mortuorio, un verdadero milagro para la estadística de los
defectos que puede tener una sola persona. El desprecio es entonces
comprensible. Lo que me acribilló fue su contenido.
Ante uno de mis enardecidos reproches de mal perdedor, amablemente me
envió una nota que me explicaba su negativa ante estas razones. Según esto, soy
incapaz de amar de verdad, estoy demasiado concentrado en compadecerme a mí
mismo como para atender a mi alrededor,
confundo los poemas y las musas con la realidad a la cual, internamente
detesto. Todos los requiebros, todas las actitudes de cariño, las atenciones,
las palabras hacia ella, no son más que la duplicación involuntaria de un
personaje que me he inventado para mí, sin ningún sentimiento auténtico ni
interés real por ella, sino persiguiendo sólo una trama. Para decirlo en sus propios términos: soy
alguien que siente no con el corazón, sino con las palabras.
Demasiado cruel. Cierto, quizá. Lo único que sé es que desde entonces
cada vez que estoy frente a un libro, me siento lleno de maldad, de hipocresía.
No lo quise hacer daño. En realidad me gustaba, la quería, sufría por ella.
Pero quién soy yo para decidir si la amaba el amoroso monstruo o el
despreciable actor. No lo sabré. Hoy ya no leo y sin embargo, algunas veces aún
la extraño.
3.- El amorímetro
No hay nada que nos permita decidir a ciencia cierta el nombre de lo que
sienten otras personas. Uno puede establecer criterios sobre sensaciones,
gestos o conductas a través de mediciones fisiológicas y estándares
estadísticos. Lo que no puede establecerse por cierto es la definición de
cualquier sentimiento más o menos complejo, como en el amor. No hay manera de
ponernos de acuerdo en los rasgos observables dónde empieza y termina. Y, lo
que es aun más importante, es que en la práctica, aunque se diera una
definición heurística y completamente técnica de su significado psicológico,
poco o nada importaría.
En general, no aceptamos que alguien esté triste cuando sospechamos que
hubiésemos provocado su tristeza, ni que alguien está verdaderamente alegre
cuando esa supuesta alegría se consiguió a expensas de la alegría de alguien
más. Usualmente nunca reconocemos la envidia o el odio en nosotros mismos, sólo
que en los demás y el amor de alguien que no deseamos es más fácil tacharlo de
capricho, obsesión o veleidad. Lo cierto es que poco o nada nos importa
profundizar en los sentimientos ajenos y propios, puesto que esto nos llevaría
a preocupaciones y remordimientos que serían imposibles de sobrellevar. Los
sentimientos son en buena medida lo que nosotros queremos que sean: un espejo
de nuestra propia egolatría.
Esta afirmación incluye los casos en que parece contradictorio nuestro
juicio de lo que siente alguien y lo que deseamos que sienta ese alguien. Sobre
todo con el amor, son estas aparentes contradicciones las que hacen el asunto
más evidente. Nada importa qué tantas demostraciones de afecto o de sufrimiento
alguien pueda dar (públicas y privadas), qué opinión pueda la mayoría tener
sobre su afecto, qué tanto suba su ritmo cardiaco al encontrarse con el objeto
deseado, qué tantas hormonas haya detectado el amorímetro que hemos diseñado o
qué tantas lágrimas o versos haya derramado el sujeto en cuestión. El otro
puede dar al traste de un solo plumazo todo esto y decir que simplemente no le
cree que esté enamorado. Y esto no es una terquedad, es un asunto de
indefinición.
Yo no sé nada sobre el amor. Por lo que la referida nota decía, tal vez ni siquiera lo he sentido. Y esto es lo
verdaderamente trágico del asunto. ¿Cómo rayos saberlo? Durante años me he
entregado a la creencia poética del amor como una fuerza eminentemente
superior, trascendental en el devenir existencial de la persona como individuo
y de las personas como sociedad, la única capaz de crear un lazo afectivo con
el tiempo y el cosmos y, para decirlo de otro modo, lo único que podría hacer
que la vida no fuera un ridículo absurdo.
¿Y si esto no es verdad? ¿Y si ella nunca llega? ¿Si en verdad cree lo
que dice esa maldita nota? ¿Entonces qué? ¿Qué queda? ¿De qué vale esta espera?
¿Adónde van o quién le sirven tantas trasnochadas, tanta ansiedad, tantas
lágrimas? Si el amor sólo parece cierto cuando es correspondido y vigente,
entonces estamos arruinados. De nada, ni las oraciones ni los años, los versos
ni las frustraciones. ¿De qué sirve pues el dolor? ¿Qué parte del universo
almacena ese cariño desperdiciado? ¿Será que simplemente se muere, se olvida,
se desperdicia? Me niego a creer esto. No puede ser. Aunque todo apunta a su
verdad, simplemente me niego testarudamente a aceptarlo. No puedo. No podría.
Entonces ¿qué diablos estaría haciendo uno aquí? ¿A quién le sirve que uno esté
aguantando estarse en pie sobre este mundo ahogándose en sollozos e inundado de
ansiedad, estorbando, robando el aire, causando lástimas y vergüenzas a quienes
debería uno más bien liberar?
Nada sé del amor entonces. Pero si esto que siento por ella no lo es,
entonces nunca lo será. Luego pues, bien valdría la pena olvidarse para siempre
del para-qué.
4.- Ya muy tarde
A ella la conocí en la preparatoria, en el último año. Mentiría si digo
que recuerda la fecha y el lugar exactos del primer encuentro. No fue amor a
primera vista que yo sepa, y no porque no hubiese notado su presencia, sino que
la consideraba tan inalcanzable (ya desde entonces) que simplemente nunca
estuvo dentro de mis planes el siquiera saludarla. Fue hasta que se presentó
con una amiga compartida que yo a empecé a desvariar, a notar ligeros
sobresaltos en mis ensueños que apuntaban directamente a su plática, a su voz,
a su sonrisa. Tenía diecisiete años y no sabía lo que me pasaba. Era la primera
vez que me enamoraba.
No supe el nombre del mal que me aquejaba hasta que me encontré de
frente con ello: nos habíamos besado. Inesperada, dulce, inolvidablemente.
Después de eso siguió un remolino de sensaciones y avatares que no supe manejar. La quise de una
manera burla, insensata, desesperada; y es en este punto que no quiero hacerme
una víctima del destino, de mi ignorancia y mucho menos, de ella. Dije e hice
tantas estupideces que en estos tantos años que me he torturado en devanarlas
me sorprende aún que me haya soportado durante casi tres meses de noviazgo. La
despedida fue más bien silenciosa,
difusa. Cuando me di cuenta que la necesitaba, ella ya se había ido.
De entonces acá su presencia ha sido esporádica y errática. De vez en
cuando aparece por aquí, irradiando viejas oscuridades, soplando antiguos
recuerdos, revolviendo plumas y solitudes para irse tan pronta como llegó, como
una brisa intangible que fluye, sonríe y se desvanece. Cualquier intento mínimo
por reencontrarla es un conjuro para acrecentar más la distancia, cualquier
palabra que insinúe una nostalgia es castigada por un silencio de meses, el
menor rasgo de cariño que pudiera escapárseme en la mirada me esconde sus ojos
en la más penosa tiniebla, dejándome un hueco negro y silente en lugar de alma,
un desasosiego rapaz y un llanto seco, atenazador. Y cuando estoy más
ennegrecido y pesimista, cuando poco falta para que sepulte cualquier
esperanza, ella vuelve. De nuevo, grácil, encantadora, sutil. Y renazco. Se va entonces,
y muero de nuevo.
En este continuo e imperfecto círculo de frustraciones uno ya no va
siendo el mismo. Por alguna razón, seguramente material, uno va quedando cada
vez más deshecho, más hundido. Nunca fui particularmente alegre o facundo, pero
después de ella, el silencio y la soledad se han vuelto tristes.
A veces me lleno de una esperanzadora rabia y pienso que el amor más
desinteresado y pulcro existe sólo cuando no es correspondido
5.- Código de honor
Estás solo. Siempre lo estarás. Lo sabes bien, aunque me sorprende la
facilidad con la que lo olvidas, la ligereza con la que sales corriendo tras
cualquier acontecimiento que tenga la mínima apariencia de esperanza.
Seriamente ¿qué es lo que esperas que pase? ¿Qué te hace creer que esta vez el
hilo de la historia será diferente? ¿Cómo puedes ignorar como si nada todas las
ocasiones en las que ese algo o ese alguien en el que dejaste tu vida te ha
humillado o decepcionado? No me parece ya un asunto de dignidad o estima propia. Todas esas vanidades
las perdiste hace mucho tiempo. Velo solamente como un asunto de sobrevivencia.
Si no existe ese famoso “para-qué” de la vida por el que tanto te has
cuestionado y tampoco has tenido el valor para sepultar la pregunta en tu
propia sangre suicida, entonces deberías aprender de la materia inerte de los
ríos y dejarte arrastrar hacia la nada. Inercia, apatía y solitud. Ahí lo
tienes. Los preceptos más grandes a seguir por los cadáveres. Cállate,
esfúmate, aléjate de todos, no te ilusiones con nada y con nadie, que el mundo no sepa siquiera que existes.
Corrijo esto último: en realidad para ellos no existes. Cualquier indicio que
te hayas hecho de esto es sólo una falsa impresión producto mismo de tu
estúpida y febril imaginación. ¿Necesitas ejemplos, situaciones, nombres? Claro
que no. Sabes bien, aunque bajes la mirada, que las escasas voces que te han acariciado, las miradas que te han entusiasmado y los besos
de tibio consuelo fueron solo destellos de sombras, risas de fantasmas, ecos
perdidos entre las paredes de la cueva desierta de la que nunca, óyelo bien, nunca has salido. Es tu maldita
imaginación la que te pierde, son todos esos mendaces libros. Son las ideas, las fantasías, las palabras.
Bebe y piérdete, sueña y piérdete, calla por lo que queda de ti, calla. No es
mucho lo que obtendrás de esto. Un poco de tranquilidad, de sosiego, quizá con
algo de esporádica melancolía, de pesimismo lóbrego, de tristeza inmarcesible.
Pero honestamente creo que es mejor que esta continua agonía, este frustración de sentirse
eternamente rechazado por todo, apretado
por las propias lágrimas internas que no terminan por salir causándote náusea,
vértigo, la certidumbre de estorbar en todos lados, de perturbar hasta los pordioseros,
el canto de las aves, de marchitar las tiernas bodas, el correr de la brisa fresca, los más
incómodos funerales, de contristar a las personas que más amas, a las musas, al
mundo entero. Como si la maldad, la fealdad, la injusticia, todas las lacras
del universo se debieran solamente a una pequeña y exigua pieza que no encaja.
¿Sientes toda esa presión, ese atenazamiento? Cualquier cosa es mejor que esta
sensación terrible de que esa pieza que sobra eres tú. No es el desprecio de
los demás no. Los ignoras, los vences o los matas y asunto terminado. Es el
desprecio mismo que deja la desesperanza. Ya no más. Es tiempo de convertir la
negativa universal en la negativa propia. No hay nada que temer cuando no le
tienes pareció a nada, no hay nada de qué avergonzarte cuando te has
despreciado a ti mismo, no hay nada que esperar cuando has dado un vistazo al
espejo y a la ventana y te percatas de que no hay absolutamente nada. ¿Te
acuerdas? Como la flor estéril sepultada por las dunas.
A.L.D
Ciudad de México,
septiembre del 2013
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