Tenía entre mis manos un libro marcado
por el tiempo, su olor a madera y tinta añejas, sus hojas amarillas y con
anotaciones delataban el paso de un par de manos, sus páginas me revelaron una historia de amor y un hecho histórico del
Portugal: la construcción de un convento y una passarola, que aguardaron en el librero por un par de meses hasta
que mis manos lo rescataron de ese olvido.
En una Lisboa del siglo XVIII donde el
rey Don Juan V manda construir un convento franciscano en Mafra, en
agradecimiento por el milagro de que su esposa quedara encinta, daba inicio la
historia que había aguardado un nuevo lector. Entre cada hoja me encontré con
una parte de otras dos historias: la primera la de Bartolomeu Lourenço, un cura que tiene una afición por
volar, recuerdo en particular esa frase “Los hombres son ángeles nacidos sin
alas, y eso es lo más bonito nacer sin alas y hacerlas crecer” palabras en voz
de un narrador que describe a un precursor de la aeronáutica y a un hombre
curioso por la ciencia y el conocimiento;
la segunda el inmenso amor entre Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas, él
un exsoldado manco quien tiene un gancho por siniestra y ella una mujer humilde
con el poder de ver el interior de las personas y predecir el futuro.
“Ningún ser humano puede tener cuanto
desea en esta su única vida terrestre, tal vez soñando”, fueron las líneas que
quedaron en mi mente al finalizar el libro, pues la historia creada por ese
lusitano, dejaba al descubierto la
búsqueda implacable del hombre por crear y asemejarse a Dios, los sueños del ser
humano por ser mejor y la curiosidad intelectual, lo que lleva a los personajes
a unirse en un proyecto: crear una passarola,
forman un trío que emula a la Santísima Trinidad: Bartolomeu será el padre
(da las órdenes), Baltasar será el hijo, y Blimunda el Espíritu Santo (ambos
son dos en uno). Esta imagen se mantiene hasta el final, ya que Baltasar morirá
crucificado como Jesucristo, y Blimunda estará al pie de la cruz, como lo estuvo
la Virgen.
El Memorial
del convento de José Saramago me reveló un episodio histórico conjugado con
la fantasía y apreciar una historia que pone de manifiesto el importante rol de
la Iglesia en la monarquía portuguesa del siglo XVIII, además expone los atemporales
males humanos: la injusticia, el abuso, los prejuicios, las limitaciones, pero
también un relato que demuestra la valía del placer por las cosas cotidianas y
las relaciones humanas.
